amores de estudiante


Conocí a Rosmary en un boliche que se llamaba Cactus. Es posible que se haya sentido atraída por mi remera con la cara de Luca Prodán contorneada con la firma de mis amigos. Acompañaba mi atuendo con una mochila peruana que ahora consideraría horrible y jugaba a ser un desbundado. Nos besamos un rato y aprovechamos para toquetearnos un poco. Al otro día fue a mi casa con una amiga. Yo estaba con “el Gaucho”, otro joven que poco tiempo después comprobaría era un verdadero imbécil. En seguida nos metimos en el cuarto y yo me mostraba experiente. Duró poco y me dio vergüenza decirle que todo mi conocimiento se basaba en haber debutado muchos años atrás con una puta rubia. No recuerdo casi nada de la cogida. Muchos años después y luego de algunas parejas y varias decepciones nos hicimos un poco amigos. Me dijo que aquella primera vez fue un desastre. Parece que cuando yo fui al baño ella se quedó en la cama mirando las maderas de la pared del cuarto y pensando “tantos años demorando para debutar y era solamente esto”. Hace un tiempo me llamó de madrugada. Vivía en Connecticut y estaba bien, aunque en la otra cabina de teléfono su novio, al igual que ella, llamaban a distintos amigos. “Síndrome de exiliados”, dijo. Nunca supe más aunque intenté buscarla en facebook. Los jóvenes de la foto jamás se inmutaron con mi presencia. Tendrían sus asuntos. Yo te saludo Rosemary.

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