Pasajes crónicos. Rojo de México (o qué).


Desde que vivo en el DF nuestro amigo el Coco nos invita los jueves a comer unas buenas carnes en su casa. Un lindo gesto de exiliados sudamericanos pienso a veces. Para llegar a su colonia, no muy lejana de donde vivo, tomé un autobús con destino a Chapultepec. Aquí los llaman peceros y, según dicen, no es por la sensación de estar en una pecera sino porque mucho tiempo atrás el boleto costaba un peso. La situación fue usual: subí, mencioné el destino y aboné con el importe justo, pues uno paga de acuerdo a la distancia que vaya a recorrer. Esto genera un acto de confianza entre el conductor y el pasajero similar al que se establece cuando el ómnibus está lleno. Ahí, las personas ingresan por la puerta trasera y se pasa el dinero de mano en mano hasta llegar al conductor. Además, se dice el destino del que subió. Busqué dónde sentarme y lamenté que muchos tengan tal falta de respeto que utilicen el asiento del pasillo y dejen libre la ventanilla, con lo que uno debe decir "permiso por favor" mientras el otro, que en definitiva es el que genera el problema, pone cara de fastidio. En esas cosas pensaba mientras observaba el paisaje y descubría que en México recorro un montón de lugares que no me gustan para llegar a sitios increíblemente lindos. Saqué la cámara y comencé a fotografiar hacia afuera, mientras sentía la mirada de algunos pasajeros, pensando seguramente qué hace este pinche güero turista aquí. Porque en este país uno debe acostumbrarse a que lo llamen güero por ser blanco y hasta debe tomarlo con naturalidad. En un momento vi al conductor por el espejo retrovisor y disparé. Bajé en destino. Fue una comida entretenida. Es un grupo de uruguayos que usa la risa como cosa seria y los kilitos de mi amigo atestiguan lo bien que cocina. Volví en taxi. Al tiempo me puse a mirar las fotos, incluidas las del colectivo. En seguida, la cara del conductor me llamó la atención. No había duda que era César Armando Librado Legorreta, conocido como "El coqueto", un asesino serial con un método simple. Era cordial con la última pasajera hasta que la violaba y mataba. Luego arrojaba el cuerpo en calles oscuras. Asesinó siete mujeres y demoraron casi un año en agarrarlo. Confesó los crímenes con lujo de detalles frente a las cámaras. En su casa encontraron ropa, perfumes y relojes de sus víctimas que regalaba a su esposa, argumentando que los compraba en una estación de Metro. Custodiado por policías, duró un día en prisión. Al parecer, se quitó las esposas que sujetaban su mano a una barra de metal. Después hizo lo mismo con las esposas de los pies mientras los guardias dormían. Improvisó una cuerda con cables de computadoras y teléfonos y se deslizó desde un tercer piso. El sistema no le funcionó y cayó al vacío. En la huida se fracturó un pie y le estallaron varias vértebras. Días después lo atraparon moribundo en casa de un familiar. Si bien las operaciones que le realizaron fueron un éxito, es posible que se convierta en un preso paralítico. Los jueves, seguimos yendo a la casa del Coco.

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