Díptico a las patadas (para otto dix, que le cambié la pintura)









Muchas veces trabajé en un trabajo. Con esto, me refiero a desempeñar ciertas tareas que no generan demasiado compromiso ni gusto en uno. Andábamos por el dos mil, me enamoré de una novia inexplicable y tramitaba papeles en la aduana. Tenía dos jefes que se odiaban y se jodían toda vez que podían. Alguna vez pensé que me convertiría en Despachante de Aduanas, seguramente para confirmar que nunca tuve una vocación clara, o que mi vocación fue siempre la de ser lo que nunca fui. Cuando vi la pintura sabía que era la cara de mi jefe, aquel que permanecía durante días enteros en la oficina. Eso sí, había que ver su excitación cuando ocurría algún choque y corría hacia el balcón a chusmear. Hablaba de piñas, preferencias, bembas hechas pelota. Nadie era muy feliz y lo ocultábamos tan bien… Duró lo que tenía que durar, como todo.

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