El idiota

para Alberto Gallo. Los buenos gestos.

Rondaba mis veinte pavoneando juventud. Tenía una novia que no merecía y estaba contento. Ella venía de una familia culturosa de teatreros, escritores, periodistas. Cierto día recibí un regalo enigmático: El idiota de Feodor Dostoyevsky. Es posible que fuera el primer ladrillo de grandes dimensiones que leí. Varias veces desconfié que el título del libro hiciera referencia a mi persona. En todo caso, lo devoré con fruición. Cuenta las peripecias del Príncipe Mishkin en la Rusia del siglo XIX. Se trata de un personaje triste, melancólico, con una inocencia cercana a la tierna estupidez. Es, antes que nada, un libro con una profunda dimensión ética y humanista, como casi toda la obra de Dostoyesvki. También, y esto importa y mucho, es una novela dinámica y llevadera. De esto han pasado muchos años. Cambié de casa, pareja o país, y aún conservo el ejemplar aquel de Editorial Juventud, eso que ahora sí estoy perdiendo.